21 septiembre 2005

EL DESAGÜE



Estuve abajo.
Y me pareció que era el fin del mundo. Las cosas eran monocromas, verdes, húmedas, y con un ligero toque de polvo.
Estuve abajo.
Y desde allí miré tu cara y me pareció la salvación, como siempre, mirándote con mirada de pez, como desde otro orden de cosas, deseando no cerrar jamás las etapas vacías, manteniéndolas como se mantiene la impresora con tinta, ya se sabe, porque nunca se sabe... cuándo la vas a necesitar.
Seguí abajo.
Durante semanas seguí abajo. Perdiendo una esperanza, y otra, y otra, boqueando muertes, pellizcando mejillas, relamiendo heridas y consolando muñecos.
Seguí abajo.
Durante lo que me parecieron diez mil humillaciones de la vida, yo seguí abajo.
Ahora te vas.
Miro tu cara y ya no me parece nada. Hay mucha tinta que derramar. Nunca se sabe lo que va a pasar. Me quitaste la penúltima ilusión en esta raza de trilobites inertes.
Y ahora subo.
Subo como un alga enredada en el pie, en cualquier pie, en cualquier playa, un alga quieta pero juguetona, jugando el juego más peligroso, el del azar, el azar de pies que pasan, el azar de medusas-gelatina, el azar de si vives, o si no.
Y ahora subo.
Es estupendo saberse libre, y conocerse solo. Y mirarse y decirse: no me queda comida en la nevera. Tengo que salir a comprar. Es estupendo no tener esperanza, ni ilusiones y no esperar nada del océano, y dar lo mismo ahogar que ahogarse.
Se acabó.
Y ya no hay arriba ni abajo.
Solo hay como una calma sorda que me deja ciega, solo hay como una imagen estática que me hace moverme, solo hay una marea, un dios, y una mano. Yo. Yo. Y yo.
Y después de mí.
Se acabó.

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