
He metido dos goles. O quizá más sin saberlo.
Y por esta causa, he perdido el partido. Parece contradictorio.
No lo es.
El árbitro me mira perplejo. No sabe qué decir. Mira el cronómetro sin saber si pitar falta, final de partido o quedarse callado.
He metido dos goles en mi propio campo.
El público no sabe tampoco que hacer.
El terreno de juego está en silencio.
Cualquier boxeador tiraría la toalla.
Me duele la cabeza y no sé si me he tomado ya dos paracetamol o uno.
Tiempo muerto por favor.
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